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La galleta que me cambió el rumbo

27 ago
2 min de lectura

Estaba embarazada cuando horneé mis primeras galletas. No las hice pensando en un negocio, ni en dejar mi trabajo, ni en nada parecido, las hice porque se me antojó, un domingo cualquiera, con lo que tenía en la alacena. Se las di a probar a mi esposo, y su reacción fue la que terminó decidiendo buena parte de mi vida: "esto es lo tuyo".


En ese momento yo llevaba varios años trabajando como planeadora de mantenimiento en Drummond Ltd, una multinacional del carbón. Un trabajo técnico, exigente, muy lejos de un horno. Después de esa galleta empecé a estudiar pastelería en paralelo, entre turnos, los fines de semana, en las noches que me quedaban libres, sin dejar mi puesto todavía. Sostuve las dos cosas al mismo tiempo durante diez años: de día planeaba mantenimiento de equipos, de noche aprendía a temperar chocolate y a leer una masa con las manos. La balanza se fue inclinando sola, receta a receta, hasta que un día ya no había vuelta atrás.


Adriana Rueda, fundadora de Pastelería Consciente, frente al letrero de su taller con una batidora de cocina

Pero mi historia con la repostería no termina ahí, y la segunda parte fue la que de verdad definió lo que hago hoy. Un problema digestivo crónico me obligó a sacar de mi dieta el azúcar, el gluten y buena parte de lo que hasta entonces disfrutaba en la cocina, justo cuando más la disfrutaba. Hice lo que cualquiera haría: buscar alternativas. Probé recetas "saludables" de libros, de blogs, de todos lados. El problema era que ninguna sabía como yo quería que supiera. Sanas, sí. Ricas, casi nunca.


Así que empecé a desarrollar las mías propias. Ajusté harinas, endulzantes, tiempos y temperaturas una y otra vez, no para que algo "pasara" como postre saludable, sino para que realmente diera ganas de repetirlo. Ese proceso, que hice primero para mí misma, sin pensar en nadie más, terminó siendo la base de lo que hoy enseño: la Pastelería Consciente, técnica profesional de pastelería aplicada a ingredientes que le hacen bien a quien los come, sin sacrificar sabor ni resultado.



Hoy dicto ese método en mi taller presencial en Valledupar, así como en otras ciudades como Barranquilla y Medellin, y en clases virtuales en vivo, y ya he guiado a más de 8.000 alumnos a perder el miedo al horno y a sustituir ingredientes sin que el postre les quede mal.


Si me preguntan qué fue lo que realmente me formó como repostera, no fue un curso ni un diploma, fue una galleta que no debía cambiar nada, y un cuerpo que me obligó a aprender a hacerlo distinto.


Si estás sacando el azúcar o el gluten de tu dieta y sientes que renunciaste al postre, te entiendo mejor que casi nadie. Y si quieres aprender a hacerlo con técnica real, no a punta de intentos, te espero en mi próxima clase virtual en vivo o escríbeme directo por WhatsApp.

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